La unión eterna
Carlyle decide asesinar al Presidente. Basta de esta basura. El Presidente es un hombre menudo, desmañado, que está sentado solo en una gran habitación empapelada de blanco y dorado y toma todas las decisiones sobre la marcha de la República; y Carlyle está ya más que harto de semejante autocracia, a pesar de que fue uno de los voluntarios de la última campaña del Presidente (y ahora está empleado como mecanógrafo confidencial), la cual se tomó en serio de verdad en su momento. Pero ahora Carlyle sólo se siente traicionado. Por una parte, la guerra continúa y, por otra, el Presidente tiene un extraño y penetrante modo de descubrir todos los defectos ocultos de Carlyle, para después burlarse de ellos en las sesiones del Ejecutivo. Carlyle está completamente seguro de esto, de todos modos.
—¡No tenemos la menor influencia sobre nuestras vidas! —grita, por consiguiente, al ahora tembloroso jefe del Estado (por un momento había pensado en usar una pistola, pero en el último instante decidió que el cuchillo era mejor; podía ser sanguinario, pero así él vería los efectos de su acción y ¿acaso no era ésa la gracia?)—. No podemos seguir viéndonos incluidos en movimientos sociales masivos, desplazados por instituciones incorpóreas y jefes de Estado abstractos que se convierten en meros depositarios de nuestras míseras fantasías y temores.
Asqueado, Carlyle advierte que, como de costumbre, su retórica se ha hecho pesada e inconveniente y que se ha apartado de su objetivo (que es por lo que ha sido relegado a mero mecanógrafo confidencial), pero no lo puede impedir; es su carácter—. Maldita sea, después de todo lo que hice por usted, me ha traicionado —dice a su jefe, y levanta el cuchillo mientras reduce aún más la distancia que los separa.
El Presidente, balbuceando excusas, extiende las manos, hace un gesto de apuro y luego, con otro de sus ramalazos de volubilidad (porque es un político muy listo), cruza los brazos sobre el pecho en una postura de relajación y una extraña y embotada sonrisa asoma en sus facciones.
—Realmente no lo comprende, pobre tonto —dice—. No me puede hacer esto a mí, Carlyle. Yo también soy una víctima. Todos nosotros somos víctimas, y yo sólo cumplí las órdenes de continuar la guerra. En este tipo de cuestiones confluyen fuerzas poderosísimas, compréndalo; enormes corrientes sociales que nosotros apenas alcanzamos a comprender.
Después se pone de pie, expectante.
—Está bien —continúa—, sea. Haga lo que quiera, no me importa. Haga lo que sienta que ha de hacer, pero ya verá como no hay diferencia, Carlyle. Las fuerzas que nos tienen atrapados son muy poderosas y aún están evolucionando.
Carlyle medita sobre esto, como habría hecho cualquier otro voluntario, mientras hace dar vueltas al cuchillo en sus manos. El Presidente parece tener cierta razón después de todo, y en cualquier caso él se comprometió a ser respetuoso con las instituciones; y si el Presidente no es una institución, ¿qué o quién lo es?
—Bien —dijo—, admito lo que acaba de decir. Me doy cuenta de que quizá me he apresurado un poco. ¿Por qué no puede usted también ser una víctima, como el resto de nosotros? Consideraré un poco todo esto…
Y en este momento, el astuto y menudo Presidente salta sobre él con sorprendente agilidad y rapidez y le arrebata el cuchillo a Carlyle; después lo centra y se lo clava en el estómago.
—Siento muchísimo hacerle esto —dice el jefe del Estado—, pero evidentemente es usted un personaje peligroso y yo me he de proteger a mí mismo, aunque admito que hizo un buen trabajo organizando la propaganda a mi favor en las últimas elecciones.
Y Carlyle, mientras cae al suelo, admite que el Presidente tiene razón. Ha hecho lo que tenía que hacer. Las paredes son doradas y blancas, blancas y doradas, pero la blancura prevalece y, así, sintiendo como se le clava el cuchillo Carlyle se desvanece o por lo menos, piensa que pasa a un diferente nivel de pensamiento y acción.
El Presidente decide que debe matar a Carlyle. Carlyle es un tipo alto, bastante robusto, de mirada triste, alocada, que alegando su condición de voluntario, ha logrado infiltrarse hasta el despacho más reservado y ahora, habiendo dejado atrás toda posibilidad de ser interrumpido, está increpando al Presidente. Dice algo acerca de haber perdido la capacidad de influir en su propia vida, todo por culpa de las instituciones incorpóreas. Y más tonterías por el estilo.
—Vamos —dice el Presidente, intentando mostrarse razonable como siempre que se halla en público, cosa que en la actualidad procura hacer cada vez menos, porque el negocio es el negocio—, piense en ello, Carlyle. ¿No cree que esas instituciones ejercen la misma fuerza sobre usted que sobre mí? No tiene usted idea de qué es lo que nos hace estar a su merced. Si se le considerase lo bastante discreto, yo le podría enseñar documentos secretos que le convencerían. —Y así va continuando, como sea, para contener al hombre o distraerlo mientras intenta encontrar algún modo de salir de aquel lío.
—Ya me conoce —dice el Presidente, mostrando una sonrisita alegre—. Odio la guerra, ¿pero qué puede hacer uno? Piense en los militares. —Pero no parece que esto funcione o, por lo menos, que lo haga tal como él esperaba.
El Presidente sabe, sabe muy bien, que debía haber verificado sus sistemas de seguridad tiempo atrás, pero no lo hizo y ahora está pagando las consecuencias de su pereza. De su pereza y también de sus buenos sentimientos; le tenía apego al cuerpo de voluntarios que le habían ayudado a conseguir la reelección tras una ardua campaña contra un oponente que carecía de su trágico y global modo de ver la guerra. Y, claro, tenía que ocurrir. Los sentimientos le han traicionado y ahora uno de esos voluntarios lo quiere matar.
—Vamos, hombre —le dice a Carlyle elevando el tono, con una voz que, a pesar de toda su preparación, revierte a un estridente tono juvenil al hallarse en tensión—, ¿cree que yo no cambiaría esto si pudiese? No es obra mía; tenga en cuenta las complejidades del problema. —Y avanza razonable hacia el loco, con los brazos abiertos, para disuadirle con esa labia que siempre le ha caracterizado; pero Carlyle, tal como ha asegurado, está más allá de cualquier golpe de efecto. El cuchillo se mueve.
El Presidente no está muy seguro de cómo llevar adelante la cosa, pero de un modo u otro se las arregla para arrebatar el cuchillo de la mano del maníaco. Estrecha el mango sudado en su mano y hunde la hoja en el pecho de Carlyle, o, por lo menos, piensa que lo ha hecho. Pero quizás ha sido el demente que, abalanzándose sobre el cuchillo, ha querido terminar así. Sea como fuere, allí está Carlyle tendido en el suelo, delante del Presidente, perdiendo la vida a leves latidos mientras aquél contempla las delgadas rayas rojas que estropean el suntuoso papel blanco y dorado de la sala de entrevistas. Vaya asco.
—Ya le dije —dice el Presidente con voz triste, mirando a su oponente—, ya le dije que esto no acabaría bien. —Y hace sonar el timbre para que entren los guardias (que tienen que estar de servicio en algún lugar del vestíbulo; Carlyle no habrá podido eliminarlos a todos) y se lleven el cadáver.
Sin embargo, no aparecen.
El Presidente y Carlyle deciden que deben matarse el uno al otro. Esto es un problema, ya que ninguno de los dos existe de verdad. Son meros circuitos de un gigantesco ordenador que, como bien sabemos todos, se adueñó del mundo al terminar la guerra, el año 2561, y ahora es el único factor consciente del planeta, ya que los demás fueron víctimas hace ya mucho tiempo de la inevitable decadencia causada por la guerra. (Tal vez quedaron algunos pocos en los primeros tiempos de la ascensión del ordenador, pero fueron eliminados mediante otros procedimientos). Desde el año 2561 ha pasado un período de varios centenares de miles de años —es difícil estar seguro, y el ordenador no tiene idea ni siente ningún interés por el tiempo convencional— y ahora la máquina se aburre cada vez más, dadas las circunstancias.
En consecuencia, ha emprendido la reconstrucción en sus cintas y bancos de memoria de diversas personalidades y acontecimientos históricos que, de una forma un tanto binaria, juega a enfrentar para su propia diversión. Todo termina siempre del mismo modo —es decir, con la destrucción de todas las fuerzas enfrentadas— porque el ordenador pertenece a una casta algo mórbida y suicida y, considerando sus circunstancias, ¿por qué no lo habría de ser? Al fin y al cabo, vino al mundo como resultado de la gran guerra y en su juventud no vio más que sufrimientos. Una y otra vez, Carlyle y el Presidente se matan uno al otro. En algunos de estos enfrentamientos lo hacen lentamente y, en otros, con prisa; en algunos se producen contrasentidos irónicos en los que el uno muere para liberar al otro sólo para que éste muera a su vez, y así sucesivamente, pero, sin importar cuál sea la combinación, la cosa sigue adelante, lo cual no quiere decir —mirándolo desde el punto de vista más distante de todos— que el ordenador no sea perfectamente sensato en sus cálculos y que el Presidente y Carlyle no se vayan alternando en sus continuos enfrentamientos y la cosa siga de este modo por siempre jamás. ¿Por qué no? Desde luego, ¿por qué no? ¿Acaso esto no resulta tan razonable como cualquier otra cosa en la época descrita?
Carlyle y el Presidente deciden unir sus fuerzas y destruir el ordenador. Éste, alerta, asimismo, como siempre, se da cuenta en seguida de que una grave reacción disociativa y la consiguiente ansiedad han hecho presa de él (según las viejas cintas implantadas por los fabricantes hace muchos milenios), pero nada de todo esto le hace ningún bien y, por tanto, decide ceder con la mayor elegancia posible.
Les dejará fantasear. Al fin y al cabo, son meros circuitos. Cuando hayan llevado a cabo, en apariencia, su obsesión, todo volverá a ser como antes lo era y en el futuro el ordenador será más cauto. Sólo en el último instante, de hecho, insinúa algo más la maquinaria, pero cuando Carlyle y su jefe, ahora gráciles como medusas, deslizan sus tentáculos eléctricos hacia el interior y alrededor de los fusibles; el ordenador no soporta siquiera el pensar en ello de tan cautivadora que le resulta esta última e insuperable posibilidad de entre todas las que ofrece la guerra.
Barry N. Malzberg